MÉXICO Y ESPAÑA EN EL SIGLO XIX


Desde pequeña tuve curiosidad de saber qué pasa al otro día que se acaba una relación. Me gustaba imaginar la vida de la Cenicienta al lado de su príncipe, la de la Bella durmiente y de quienes con ella cambiaron de siglo, la de la institución donde trabajé dos décadas, la de los ciudadanos de México y EUA después del Tratado Guadalupe Hidalgo, y la de los españoles cuando perdieron sus colonias.

 Por eso, este fin de semana leí con placer al respecto, gracias a que Agustín Sánchez Andrés y Raúl Figueroa Esquer coordinaron el libro “MéXICO Y ESPAñA EN EL SIGLO XIX. DIPLOMACIA, RELACIONES TRIANGULARES E IMAGINARIOS NACIONALES”. A pesar del extenso nombre, sus 11 artículos son interesantes y se dejan leer con facilidad. Es una coedición del ITAM y el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nicolaíta de Morelia.

México se independizó de España en 1821, así que el libro inicia con las conflictivas “no” relaciones entre nuestro país y su ex metrópoli tras 300 años de Colonia. Habla de dimes y diretes sin cuento, y de una oportunidad de reencuentro, perdida por la falta de visión de Fernando VII, heredada de su padre, Carlos IV. Al leer, recordé que según los contemporáneos de la estatua paterna, “El caballito”, representa “un noble y una bestia, donde el noble es el caballo...”

El Dr. Figueroa aborda “La creación de la red consular española en México, 1838-1848”. En 1836, cuando reanudamos relaciones con España, el de cónsul era un puesto sin funciones definidas, así que imagínense los estira y afloja entre ellos y los embajadores. Sin duda que la medida del tiempo en esos entonces era muy diferente a la nuestra. J. J. Murphy, el primer cónsul español del que se tiene noticia, llegó hasta 1838 y A. Calderón de la Barca, el embajador, arribó en diciembre de 1839. (No viene al caso en el libro, pero les recuerdo que llegó acompañado de su esposa, la famosa Mme. Calderón de la Barca, a cuya pluma se debe un excelente retrato de la vida en México por aquellos ayeres.)

En su artículo, Raúl Figueroa nos narra cómo se transformó en problema diplomático el conflicto entre una sirvienta española y su patrón (no hay nada nuevo bajo el Sol). Así mismo, aprovecha el caso del cónsul Francisco Preto y Neto, injustamente cesado, para ilustrar el desorden gubernamental que hace 158 años reinaba en ambas naciones y consignar la honradez del personaje, pues Preto y Neto, creador de la Sociedad de Beneficencia Española, regresó a sus paisanos el dinero de sus exitosas colectas: una para regalar un buque de guerra a Madrid, otra para un hospital y una tercera para los héroes de la guerra de independencia española. (Aunque no lo crean, España tuvo que pelear por ser independiente, poco antes que sus dominios, cuando luchó contra la ocupación de los Bonaparte y sus franceses).

Los problemas de los comerciantes, el pleito por dinero de los funcionarios españoles con su arruinado gobierno, la inmigración de los jóvenes de la Madre Patria a México, en cuanto se reabrió la posibilidad, nos dan pistas claras para contestar algunos por qués de nuestro actuar hasta hoy. Así mismo, nos permite vislumbrar la vida en los entonces polos de desarrollo costero del Golfo de México: el puerto de Veracruz, el más importante; el de Tampico, el segundo; y el de Campeche. También habla de San Blas, en el Pacífico. El caso de Yucatán, separado del gobierno mexicano en 1840, merece un tratamiento especial del Dr. Figueroa, quien con el cuidado que acostumbra, enlista al cuerpo consular español en México, entre 1838 y 1848, listado en el que aparecen apellidos tan conocidos como Cosme, Díaz, Ferrer, Gómez, González, Ibargüengoitia, Lastra, Marín, Martínez, Miranda, Muñoz, Negrete, Pascual y Sánchez, entre otros.

La segunda parte del libro está dedicada a los restos del imperio español, es decir, analiza lo que pasó en Filipinas, las islas Marianas, Puerto Rico y Cuba. Para nosotros, Filipinas es sinónimo de algo histórico, punto. Parece mentira que hayamos estado tan ligados. Sin embargo, así fue gracias al entonces llamado “Galeón de Acapulco” (Nao de China). ¿Alguna vez han tenido la curiosidad de sentarse frente a un globo terráqueo y pasar su dedo por el Pacífico, para ver la distancia que separa nuestro puerto de Manila? Están francamente lejos. Sin embargo, estoy segura, aún quedan rastros de aquel activo comercio, por ejemplo el españolísimo mantón de MANILA, de clara influencia en el rebozo, y “nuestra” guayabera, adaptación cubana de la FILIPINA, hecha en la zona de los guaves (guayabas), para sólo hablar de dos casos.

El artículo dedicado al comercio entre Filipinas y el México independiente nos deja claro cómo la interrupción de esa relación comercial afectó fuertemente al archipiélago asiático. Sabemos por experiencia propia el significado de pobreza de una frase como ésta: “La base de la economía filipina inició paulatinamente una transformación que la llevaría de un sistema basado netamente en el comercio transpacífico a uno de producción de materias primas en el interior del país.”

En el artículo dedicado a Cuba, se hace un análisis de las relaciones de ésta y Puerto Rico con las 13 colonias, cuando se volvieron EUA, y de cómo afectó al imperio español, que conservó sus valiosas posesiones todo lo que pudo. Finalmente, la tercera parte del libro se dedica a analizar cómo se dio la reconstrucción del imaginario español en América Latina, entonces Hispanoamérica, elemento fundamental para nuestra identidad.

NOTA:
Demostrando con el ejemplo que los problemas son oportunidades, José Gutiérrez Vivó estrena RADIO MONITOR en 1560 y 1320 AM, y hace del 8 de marzo de 2004 fecha de efemérides al inaugurar su DIARIO MONITOR y su página web, sitio para leer su periódico y escuchar la radio (www.diariomonitor.com.mx)